El panel solar de bolsillo que se ha vuelto imprescindible en guerras y desastres

26/10/2026 08:45 | 217 visitas
El panel solar de bolsillo que se ha vuelto imprescindible en guerras y desastres

Mohammed Saber sube cada mañana una plancha solar rectangular al techo de la choza donde vive con su familia. Es de bambú y lona, como casi todas las del campamento de Teknaf, en Bangladesh. Allí acabaron después de huir de la ofensiva del ejército de Myanmar contra el pueblo rohinyá en 2017.

Ese panel llegó a sus manos hace seis años y desde entonces es su única fuente de electricidad. No hay compañía eléctrica, no hay contador, no hay factura. Solo sol.

“Ahora podemos cargar los teléfonos, cocinar con luz, los niños estudian por la noche y usamos ventilador en la temporada de calor”, cuenta este hombre de 35 años.

De qué estamos hablando exactamente

Un kit solar portátil es un equipo compacto que junta tres cosas en un mismo paquete: una placa que captura la luz del sol, una batería que guarda esa energía y una salida (enchufes, luces o cables) para usarla cuando haga falta.

La clave es que funciona sin estar conectado a nada. Ni postes, ni cables, ni compañía. Se despliega, se orienta al sol y listo. Eso, en un sitio donde las carreteras están destrozadas o donde el frente de un conflicto se mueve cada semana, vale oro.

Los hay de muchos tamaños: desde una linterna solar hasta un sistema que alimenta una nevera pequeña o una cocina eléctrica. Sarah Rosenberg-Jansen, investigadora del Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo, lo resume así: “En una emergencia, los kits solares se pueden desplegar de inmediato”.

Por qué esto se ha disparado ahora

Hay tres razones que se cruzan. La primera es el clima: sequías, inundaciones e incendios cada vez más extremos obligan a mover ayuda deprisa. La segunda es el precio: fabricar paneles solares en masa los ha vuelto muchísimo más baratos que hace veinte años. La tercera es la política: guerras, sanciones y crisis hacen que el precio del petróleo y del gas salte sin avisar.

Y llevar gasóleo a una zona de desastre es un dolor de cabeza. Hay que transportarlo, almacenarlo y protegerlo. La luz del sol, en cambio, llega gratis a todas partes.

Funciona para una abuela de 80 años

Yuriy Boyechko dirige Hope For Ukraine, una organización sin ánimo de lucro con sede en Estados Unidos que reparte estos equipos en Ucrania. Cuenta que la mitad del éxito está en lo sencillo que es usarlos.

“Tenemos abuelas y abuelos de 75 u 80 años recibiendo los kits”, explica. “Es literalmente enchufar y listo”. Esa expresión, plug and play, significa que el aparato viene preparado para funcionar sin instalación ni técnico.

Los ejemplos se multiplican. En las afueras de Karachi, en Pakistán, una clínica de tuberculosis gestionada por Médicos Sin Fronteras (la organización humanitaria conocida por sus siglas, MSF) funciona con energía solar. En el condado de Renk, en Sudán del Sur, la agencia de migraciones de la ONU instaló sistemas de potabilización de agua que también se alimentan del sol, pensados para las familias que huyeron de la guerra en Sudán.

Y tras las inundaciones que arrasaron Nepal y dejaron 1.455 muertos y 5.285 desaparecidos, varias entidades locales e internacionales repartieron kits sobre el terreno. Entre ellas, la ONG australiana SolarBuddy.

El problema no es la tecnología, es el dinero

Mark Gibson trabaja en la Plataforma Global de Acción (GPA, por sus siglas en inglés), una alianza que promueve el acceso a energía limpia y asequible. Reconoce que el cambio tiene frenos.

Las agencias de ayuda llevan décadas trabajando con sistemas probados, y muchos de esos sistemas son generadores diésel atados a contratos de alquiler largos. Cambiar a solar implica fiarse de proveedores nuevos y montar cadenas de distribución desde cero, a veces en entornos peligrosos.

A eso se suma el tijeretazo a la financiación internacional. Aimee Jenks, responsable de programas en la GPA, es contundente: “Buena parte del conocimiento técnico del sector humanitario en materia de energía se ha recortado. Eso está haciendo retroceder muchos avances”.

Boyechko pone la cifra exacta. A finales de este año su organización habrá repartido más de 3.200 kits en Ucrania. “Pero hemos tardado dos años en llegar a esa cifra por falta de fondos. Tenemos una lista de espera de 20.000 familias. No damos abasto”.

¿En qué te afecta esto?

Puede que pienses que esto solo pasa lejos, pero no del todo. Primero, porque una parte de la ayuda humanitaria internacional sale de impuestos europeos, y saber en qué se gasta es asunto de todos. Segundo, porque la tecnología que se prueba en un campamento de refugiados acaba llegando al mercado normal: los paneles plegables de mochila, las linternas solares o las baterías portátiles que ves en cualquier tienda nacieron de esta carrera por abaratar costes.

Tercero, y quizá lo mas importante: lo que ocurre en Bangladesh, Nepal o Ucrania marca tendencia en cómo se responde a una emergencia. Y en España sabemos bastante de eso. Un incendio, una dana o un terremoto dejan barrios enteros sin luz durante días. Cuando eso pasa, tener un Panel solar pequeño en casa deja de ser una excentricidad de ecologistas y se convierte en una herramienta muy práctica para cargar el móvil, tener una linterna o mantener la radio encendida.

Mi opinión

Me parece una de esas noticias que parecen pequeñas y no lo son. Un panel de un metro cuadrado no cambia el mundo, pero cambia el día a día de una familia. Y en un campamento, la diferencia entre tener luz y no tenerla es la diferencia entre poder estudiar o no, entre poder avisar a un médico o no.

Lo que me chirría es la parte del dinero. La tecnología ya está resuelta, funciona y es barata. Lo que falta es voluntad y presupuesto. Que una ONG tenga 20.000 familias esperando un kit no es un problema técnico, es una decisión política. Y esas decisiones, nos guste o no, también nos tocan.

Aun así, me quedo con Mohammed Saber y su frase final, la mas honesta de todo el reportaje: “Ha mejorado la vida de mi familia”. A veces el progreso se mide así de simple.

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