La ONU sanitaria pide tratar los bulos del clima como un riesgo para la salud
Hay noticias que parecen pequeñas y resulta que son enormes. Esta es una de ellas. La Organización Mundial de la Salud (OMS, la agencia de la ONU encargada de la sanidad mundial) y un buen puñado de organizaciones sanitarias y civiles han lanzado un mensaje claro a 194 países: los bulos sobre el clima ya no son solo un problema de propaganda, son un problema de salud publica.
La petición es concreta. Que la integridad de la información pase a formar parte, de forma oficial, de las políticas de clima y salud, de los planes de preparación y de las respuestas ante emergencias. Vamos, que no se quede en un discurso bonito y se traduzca en medidas.
De dónde viene este aviso
El punto de partida es la declaración que se lanzó en la cumbre del clima COP30 en Belém (Brasil), con respaldo de la Unión Europea, y que ya hablaba de plantar cara a las noticias falsas y a las teorías de la conspiración en materia climatica.
Ahora se da un paso más con un informe titulado Protecting Health in the Age of Climate Disinformation (algo así como Proteger la salud en la era de la desinformación climática). Según sus autores, es la primera vez que la comunidad sanitaria aborda de forma directa cómo los bulos climáticos dañan la salud de la gente en todo el mundo.
Desinformación y misinformation no son lo mismo
Conviene aclarar dos términos que se usan como si fueran iguales y no lo son.
La desinformación climática es la difusión intencionada de información falsa o engañosa sobre el cambio climático y sobre las medidas para frenarlo. Incluye desde la negación pura y dura del calentamiento global hasta las teorías de la conspiración.
La misinformation (información errónea) es distinta: se trata de datos falsos o sacados de contexto que alguien presenta como si fueran verdad, sin que haya necesariamente una intención de engañar. El problema es que, aunque no haya mala fe, el daño puede ser igual de grande.
Casos reales: de Hawái a Londres
El informe recoge ejemplos que asustan. Tras los incendios de Maui (Hawái) en 2023, empezaron a circular mensajes asegurando que quienes pidieran ayuda por el desastre podían perder sus tierras o que se las quedara la agencia federal de emergencias de Estados Unidos (la FEMA, por sus siglas en inglés). Era falso, pero el rumor tenía algo muy peligroso: podía disuadir a los supervivientes de pedir auxilio justo cuando más falta les hacía una vivienda, dinero, atención médica o servicios de recuperación.
En Europa el foco está en las políticas de aire limpio. Las zonas de bajas emisiones, pensadas para reducir la exposición a la contaminación del tráfico, son blanco habitual de relatos engañosos. El caso más sonado es el de la ULEZ de Londres (Ultra Low Emission Zone, la zona de muy bajas emisiones que cobra a los vehículos que no cumplen los límites). El debate sobre su coste y su aplicación es legítimo, sobre todo para rentas bajas, trabajadores y pequeños negocios que dependen de coches viejos.
Pero el informe señala que esas preocupaciones reales se han visto amplificadas y distorsionadas por bulos, ataques politizados a la evidencia sobre calidad del aire y, en algunos casos, incluso reacciones violentas contra la infraestructura de la ULEZ. El resultado, dicen, es que un debate sanitario se convierte en una guerra cultural.
Lo que se juega la gente corriente
La doctora Laura Jung, de la Asociación Médica Mundial, lo explica de forma muy gráfica. La información engañosa puede hacer que alguien no evacúe durante un incendio o una inundación, que desconfíe de los avisos por calor o contaminación, que se quede sin acceso a ayudas o que no tenga claro el riesgo sanitario en plena emergencia.
Y la doctora Jeni Miller, de la Alianza Global de Clima y Salud, añade una capa importante: no es solo un asunto de rumores, es un asunto de poder, de intereses y de responsabilidad. Pide cortafuegos claros contra el lavado verde de las empresas de combustibles fósiles (el famoso greenwashing, esa técnica de parecer ecológico sin serlo) y contra quienes usan los bulos climáticos como arma híbrida de guerra.
¿En qué te afecta esto?
Piensa en la última vez que viste un mensaje raro sobre el clima en redes. Quizá era exagerado, quizá tenía un titular emocionante o quizá prometía una solución mágica. Ese contenido no es inofensivo: puede cambiar tu forma de reaccionar ante un aviso de inundación, tu opinión sobre una medida de aire limpio o tu decisión de pedir una ayuda tras un desastre.
Si vives en una ciudad con zonas de bajas emisiones, en una zona con riesgo de incendios o simplemente pagas la factura de la luz, esto te toca de lleno. La información veraz es, en la práctica, una herramienta de supervivencia cotidiana.
Y luego está lo de siempre: quien difunde el bulo no suele ser quien respira el aire contaminado.
Mi opinión
A mí me parece un acierto que se deje de hablar de los bulos climáticos como si fueran una simple tontería de internet. Porque hay una diferencia enorme entre discutir si una medida es cara o barata y difundir mentiras para que la gente no pida ayuda cuando se le quema la casa.
Dicho esto, también creo que el aviso llega tarde y que las instituciones van siempre un paso por detrás. Y me da un poco de miedo que, con la excusa de combatir la desinformación, se acabe etiquetando como bulo cualquier crítica razonable a una política publica concreta. La línea es fina, pero existe, y conviene no difuminarla.
Mientras tanto, lo más util que puedes hacer es sencillo: mirar la fuente, desconfiar del lenguaje catastrofista y revisar quién firma eso que te acaba de llegar al móvil.
Multimedia
[
[
[