Doscientas personas. Siete horas. Una maleta y ningún billete de vuelta. Así se resume una de las historias más tristes que nos ha dejado el mundo de los viajes en lo que va de año: el crucero infinito que prometía dar la vuelta al mundo sin parar y que ha terminado con sus pasajeros abandonados en un puerto de Camboya.
El barco, el Villa Vie Odyssey, atracó en Sihanoukville, en la provincia de Preah Sihanouk, el pasado miércoles. Allí los viajeros recibieron un aviso a las ocho de la mañana: tenían que bajar de la nave antes de las dos de la tarde. Sin más. Sin explicaciones, sin alojamiento, sin plan.
Un barco que era una casa (y a veces toda una vida)
Para entender la magnitud del desastre hay que entender el producto. La empresa Villa Vie Residences lanzó el proyecto en 2023 como un crucero residencial. Traducción rápida: no hablamos de un barco de vacaciones de dos semanas, sino de una nave de 200 metros (656 pies) en la que podías alquilar un camarote o incluso comprarlo de forma permanente.
¿Cuánto costaba? Entre 120.000 y 440.000 dólares por una residencia permanente, o unos 3.500 euros al mes en alquiler. Hablamos de hasta 330.000 euros. Y varios pasajeros vendieron todo lo que tenían para subirse a ese barco.
El Odyssey zarpó de Irlanda del Norte en octubre de 2024. La promesa era recorrer más de 400 puertos y dar una vuelta al mundo completa cada tres años y medio. Un sueño con olor a sal.
El culpable, según la empresa: el precio del petróleo
Aquí llega la parte geopolítica que explica el desastre. La empresa culpa directamente del colapso al encarecimiento del petróleo en Asia, provocado por el conflicto en Oriente Medio y, según su versión, por la decisión de Donald Trump de atacar Irán en febrero.
Los números son mareantes: el combustible por camarote pasó de unos 1.800 dólares al mes (unos 1.354 euros) a entre 6.000 y 8.000 dólares (entre 4.516 y 6.021 euros) en algunas zonas del continente asiático. Una subida que, en palabras de la empresa, hizo insostenible el modelo de negocio.
Aquí conviene aclarar una cosa: el crudo es la materia prima de la que sale el combustible. Cuando el precio sube, todo lo que se mueve con él sube también. Y un barco de este tamaño con doscientas personas viviendo a bordo no se mueve con velas.
El dinero que se pidió, y que no volvió
Mikael Petterson, fundador de la compañía, ha salido a dar la cara. Y lo ha hecho con una frase que no deja lugar a dudas: «Me siento fatal. Soy el villano de la historia, pero estoy haciendo todo lo que puedo para apoyar a los residentes en una solución».
El problema es que, según varios pasajeros, los préstamos nunca se devolvieron. En abril, la empresa pidió un préstamo colectivo de 2,2 millones de dólares. Después fueron 1,5 millones, y hace apenas unos días, 360.000 dólares más. Todo con el barco ya atrapado en Camboya.
Lynn Montoya, una de las pasajeras que vendió su casa para financiar el viaje, lo contó con crudeza: «Nos sentimos manipulados. Llegábamos a puerto y seis horas antes de zarpar decían que no podían salir porque no tenían dinero. La gente se sentía presionada a ponerlo».
Y no solo eso. El internet del barco se caía a menudo, la televisión dejó de funcionar y la comida empezó a empeorar. Los propios residentes acabaron poniendo dinero de su bolsillo para pagar a la tripulación: 128 personas recibieron al menos 100 dólares cada una.
¿En qué te afecta esto?
Puede parecer una historia lejana, de gente rica y un barco raro. Pero hay aprendizajes muy útiles para cualquiera.
El primero: cuidado con los pagos por adelantado. Si te ofrecen una residencia de por vida, un viaje eterno o cualquier servicio a muy largo plazo, pregúntate siempre quién responde si la empresa quiebra. Los contratos con cláusulas vagas no te protegen.
El segundo: el precio del petróleo no es un dato ajeno. Cada vez que hay tensión en Oriente Medio o un país grande se mete en un conflicto, sube el crudo, y eso acaba llegando a la gasolina, a los billetes de avión y a los cruceros. Es una cadena que nos toca a todos.
El tercero, y quizá el más importante: las empresas que operan con el dinero de sus clientes deberían tener algún tipo de garantía. Aquí no la hubo.
Mi opinión
Voy a ser claro. Cuando 200 personas venden su casa, sus muebles y sus recuerdos para subirse a un barco, hay algo más que un problema de negocio: hay una responsabilidad moral. Y la empresa lo sabía.
La excusa de la guerra y del petróleo puede ser perfectamente real. Pero no explica por qué se pidió dinero a los residentes hasta el último día, ni por qué se les dio siete horas para empacar. Sinceramente, creo que no se como el fundador va a mirar a la cara a la señora Montoya.
Y una cosa más: las promesas de «para siempre» casi nunca acaban bien. Ni en el amor, ni en los negocios, ni en el mar.