El soldado que la selva se tragó en 1944 ya descansa en casa
Hay historias que parecen sacadas de una novela, y esta lo es. Ochenta años después de que un chaval de 21 años se perdiera en la selva de Birmania, el ejercito de Estados Unidos ha conseguido ponerle nombre a sus restos. Se llamaba Joseph Gala y era uno de aquellos soldados de los que casi nadie hablaba en casa.
La noticia la dio el pasado 4 de noviembre la agencia del Pentágono encargada de buscar a los militares desaparecidos. Sus restos quedaron oficialmente identificados el 10 de septiembre de este año. Casi nada.
Un chico de 21 años al que la jungla se tragó
Joseph Gala formaba parte de una unidad muy concreta del ejercito estadounidense: los Merrill's Marauders. El 16 de junio de 1944 su batallón avanzaba hacia el sur desde el pueblo de Mankrin, cerca de Myitkyina, contra posiciones japonesas muy fortificadas. Ese fue el último lugar donde se le vio con vida.
Dos meses después, el 14 de julio de 1944, se le declaró muerto en combate. Nunca se supo exactamente cómo murió ni donde quedo su cuerpo. Ese es el por que de tantos años de silencio y de preguntas sin respuesta en su familia.
Un pariente suyo, Scott DeGregory, lo contaba así a la televisión local: durante años y años intentaron averiguar qué había pasado realmente. Hoy, por fin, pueden decir que vuelve a casa.
Qué eran los Merrill's Marauders (y por qué nadie habla de ellos)
Vamos con los términos raros, que aquí hay unos cuantos. Los Merrill's Marauders eran una unidad de infantería formada por voluntarios y bautizada con el apellido de su comandante. La palabra "marauder" vendría a significar algo así como merodeador o saqueador, aunque en este caso se usaba más como apodo que como insulto.
La unidad la creó el presidente Franklin D. Roosevelt con un objetivo poco habitual: una misión secreta y peligrosa en el llamado teatro China-Birmania-India. Cuando los militares hablan de "teatro" no se refieren a un escenario con butacas, sino a una zona de operaciones de la guerra. A esa zona concreta se la acabó conociendo como "el teatro olvidado", y no precisamente por casualidad.
3.000 voluntarios, 200 de vuelta
Los números de esta misión ponen los pelos de punta. Se presentaron alrededor de 3.000 hombres como voluntarios. Volvieron a casa unos 200.
Uno de aquellos soldados, Sam Wilson, lo resumió de una forma que duele: "Éramos prescindibles. Había un plan sobre el papel para meternos en Birmania, pero no existía ningún plan para sacarnos de allí". Otro superviviente, Robert Passanisi, contaba que los que se alistaron no tenían ni idea de en qué se estaban metiendo.
Todos los integrantes recibieron después una Estrella de Bronce, una condecoración militar. Y el Pentágono ordenó que ninguno de ellos volviera a ser enviado a combate.
Cómo se le pone nombre a unos restos 80 años después
Aquí entra en juego la DPAA, que son las siglas en inglés de la Agencia de Contabilidad de Prisioneros de Guerra y Desaparecidos en Combate, dependiente del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Su trabajo es, básicamente, no dejar a nadie atrás, aunque hayan pasado décadas.
En 1946 los cuerpos de los caídos en aquella batalla se trasladaron del cementerio militar de Myitkyina a Kalaikunda, en la India. Un año después, los restos sin identificar viajaron hasta un laboratorio de Hawái. Muchos acabaron enterrados como "desconocidos de la Segunda Guerra Mundial" en el cementerio nacional de Honolulu, conocido como Punchbowl.
Para identificar a Gala, los científicos usaron análisis dental y antropológico, pruebas circunstanciales y, sobre todo, ADN. En concreto, ADN mitocondrial (el que se hereda por vía materna) y ADN autosómico, que es el que mezcla información de ambos progenitores. Traducido: compararon su material genético con el de familiares vivos hasta dar con una coincidencia.
El entierro, en Massachusetts
Joseph Gala fue enterrado con todos los honores militares el 5 de noviembre en el cementerio de Pine Grove, en Lynn, en el estado de Massachusetts. Uno de los asistentes, Bob Smith, explicó que para él era algo personal, porque un amigo de su padre también había pertenecido a los Merrill's Marauders. Su despedida fue sencilla y preciosa: "Bienvenido a casa, soldado Gala. Tu sacrificio, tu valor y tu servicio no se olvidarán nunca".
¿En qué te afecta esto?
Puede parecer una noticia lejana, de otro siglo y de otro continente, pero tiene miga. Detrás de cada uno de esos soldados desaparecidos hay una familia que pasó décadas sin poder cerrar el duelo, sin saber si poner una lápida o esperar. Imagínate vivir con esa duda durante ochenta años.
También afecta a cómo miramos la historia. Nos hemos acostumbrado a contar la Segunda Guerra Mundial por sus grandes batallas y sus grandes nombres, y se nos olvidan los cientos de miles de personas normales que quedaron en un rincón del mapa. Que la ciencia y la tozudez de unos cuantos funcionarios permitan devolver un nombre a unos huesos es una forma muy concreta de decir que aquella vida importaba.
Y, de paso, nos recuerda algo práctico: la identificación forense y el ADN que hoy usamos casi sin pensar tienen detrás una historia larga de ensayo y error. Aun así, hay miles de casos que siguen abiertos.
Mi opinión
Confieso que soy de los que se emocionan con estas historias. No por el morbo, sino porque me parece admirable que alguien siga buscando a un soldado que murió hace ochenta años en una selva del otro lado del mundo, cuando ya no hay nadie que pueda pedir cuentas.
Lo que más me llama la atención es la frase de Sam Wilson: había un plan para entrar, pero no para salir. Eso resume una parte de la guerra que no suele salir en las películas. Al final, la historia de Joseph Gala no es la de un héroe de mármol, sino la de un chaval de 21 años al que le tocó lo peor y cuya familia ha tenido que esperar tres cuartos de siglo para tener un sitio al que llevar flores.
Si algo me deja esta noticia es una idea sencilla: a veces la memoria consiste, simplemente, en no dejar de buscar.
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